Es bonito sentirse en un documental de la 2, de esos que a todos nos han acompañado en alguna que otra siesta después de comer.

Hay días que vivo a mil por hora. Otros, sin embargo, soy capaz de quedarme empanada viendo las ramas de los árboles balancearse por el viento o los pájaros bailando en el aire, como si llevasen varios días preparando una coreografía para ese preciso instante.

Y todo gracias a ella, la naturaleza.